Miuris (Nurys) Rivas
La tragedia arropa al país, desde el sur hasta el norte, la impotencia y angustia de estas familias nos parte el alma.
En el estado de Chiapas, sur de México, lo menos que imaginarían estos dominicanos, es que les llegaría la muerte tan lejos de su tierra.
Montecristi:
La ciudad del Morro perdió a dos de sus hijos, identificados gracias a tatuajes grabados en su cuerpo con nombres de familiares.
Baní:
El corazón de una madre se caracteriza por la fortaleza que genera para con sus latidos infundir fuerza a sus hijos, Raquel Pérez, madre de una de las víctimas de Chiapas, no logró que su corazón resistiera la noticia de que su hija se había accidentado y un infarto quebró sus latidos muriendo al instante.
Azua:
Quizás si Rafelín Martínez hubiera empleado los dólares pagados para el viaje fatal, en expandir el tallercito donde fabricaba primorosos pilones, no habría sentido la necesidad de abandonar su tierra, en la búsqueda de una mejor vida para él y para los suyos, lo que lo colocó en el trayecto del camión mortal.
El camión:
Transitaba por la carretera de Chiapas, sur de México, llevando ciento y pico de indocumentados de varios países.
Se desconoce el destino de al menos once paisanos, eran 160 personas que a pesar del hacinamiento, iban confiadas pensando que al final del viaje, cada uno iniciaría la ruta hacia un mañana mejor.
Viene de lejos en el tiempo, que los dominicanos perciben más allá del mar, vida mejor para ellos y su familia.
Hasta el momento 49 personas de diversas nacionalidades fueron declaradas muertas, los demás están desaparecidos y/o heridos.
Un descrédito para los gobiernos de cada país envuelto en esta tragedia, es el resultado del flujo migratorio que obliga a la gente en países donde las oportunidades se reparten entre una clase privilegiada compuesta por los respectivos anillos de cada grupo de poder.
Son trashumantes sin rumbo que van hacia donde mejor esperanza de vida exista.
Es una lotería que arroja cada año luto y dolor en este y otros países, no entendemos como en esta nación donde se juega verbalmente con cifras millonarias, puede al mismo tiempo, coexistir una situación tan desesperante.
Incontables los hogares rotos, las lágrimas de madres, padres, viudas y hermanos, como incontables son las quejas de la llamada diáspora que a pesar de su legalidad en tierras ajenas, sufre igualmente la separación y el desaliento por el destierro.
Imaginemos la ardua lucha por un estatus legal de los que se embarcan en viajes ilegales.
No hay derecho, no puede mantenerse una constante situación de infortunio sobre la mayoría de un país sumida en la miseria, sería interesante conocer los parámetros mediante los cuales se mide aquí una supuesta eliminación de la pobreza.






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