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Un triste adiós

Miuris (Nurys) Rivas

Sevilla, España

La vida es así de inescrutable, mientras los afectados directos de familiares muertos en Chiapas, vivían un calvario a la espera de noticias sobre sus amados cadáveres, el mundo cristiano se preparaba para festejar las festividades navideñas.

 A Montecristi le tocó el dolor de sepultar al miembro de una familia que al igual que los demás dominicanos y de otras naciones, marcharon en pos del llamado “sueño americano” que cada uno debería hacer realidad en su propia tierra.

El morro desde su altura contemplaba el cortejo y el mar desde su inmensidad,  enredaba en una ola un gemido por el hijo trashumante al que rompieron sus alas antes de emprender vuelo.

Cuando diciembre llegaba a su fin, Montecristi se disponía a la triste tarea de sepultar a uno de los dominicanos muertos cuando eran conducidos como reses en un furgón que se deslizaba a toda velocidad, sin el mas mínimo respeto ni a las leyes, ni mucho menos a la condición humana, Chiapas recogió los últimos lamentos, el postrer pensamiento, de los que tuvieron la oportunidad de sobrevivir unos minutos al impacto.

Igualmente tocó a otras localidades de nuestra geografía, dar el último adiós a hijos que marcharon en la búsqueda de un mundo mejor para morir de manera inesperada en tierras extrañas.

Se me ocurren estos versos del connotado poeta sevillano Antonio Machado:

“Al andar se hace camino

y al volver la vista atrás

se ve la senda que nunca

se ha de volver a pisar”.

16 compatriotas formaron parte del equipaje fatal armado por los mercaderes del oportunismo, que amparados en la impunidad y el deseo de superación y ansias de volar con alas firmes de los que se involucran en tan arriesgada aventura, cunde en los espíritus agitados por situaciones familiares y de vida que parecen no tener solución.

Porque escasea el trabajo y las oportunidades y a pesar de que muchos “se la buscan” según nuestro decir popular, pocas veces se cuenta con la fortuna de salir adelante a pesar de las voces agoreras que como altoparlantes, anuncian supuestas bondades.

Es posible que entre las víctimas hubiera alguno motivado no por situaciones apremiantes de supervivencia, posiblemente alguno se dejara atrapar entre el arrullo de cantos de sirena, no cabe dudas sin embargo, de que la mayoría de los atrapados en el furgón, de cualquier país de América, iban en busca de la tan afamada mejoría económica en tierras sobre todo de EEUU. Todos sin excepción fueron vendidos por la ilusión, traicionados por la falsa esperanza de verse viviendo  un futuro prometedor y regresar ricos a su país.

Lamentablemente esta no será la última vez que tengamos que lamentar casos semejantes, porque somos tenaces en la voluntad de lanzarnos, nos forjamos historias de bienestar que nunca o en escasas ocasiones se hacen realidad y  somos víctimas, primero de nosotros mismos cuando nos obstinamos en imaginarnos cual quijote abatiendo molinos y luego, del decir popular que sin saber a fondo la verdad, lanza falsos rumores.

Lo más triste es que tendremos que volver a lamentar, porque mientras no se eliminen  las condiciones que ocasionan el éxodo de dominicanos y de otras naciones igualmente abatidas bajo las mismas circunstancias, los traficantes de ilusión volverán a tejer nuevas redes para envolver la pobreza y desesperación de nuestra gente.

Y no nos confundamos, lo sucedido no es culpa del actual gobierno, esta gestión es relativamente nueva y desde mucho antes, existían mafias dedicadas a engañar y hacer fortunas vendiendo viajes. Es un sistema arraigado que hay que luchar por erradicar.

Se hablará todavía del furgón accidentado en Chiapas donde una cantidad de habitantes de varios países incluyendo el nuestro, perdieron la vida, luego vendrá el olvido absoluto y leeremos con tristeza las crónicas de otros sucesos en el mismo trayecto de buscarse una mejor vida.

De Montecristi, Hatillo Palma, Baní o cualquier otro lugar salpicada por esta tragedia, todos duelen por igual, nos hermana la nacionalidad y es natural que nos hiera  el dolor de esas familias.

A todos ellos y a todos los cientos que han muerto cruzando el Canal de la Mona tratando de alcanzar costas de Puerto Rico, a todos los que se embarcan en esas travesías de la muerte, queremos hacerles llegar una plegaria sin palabras, un ruego hecho con la mirada al cielo, pidiendo a Dios por sus almas y por el cese de tanto dolor.

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